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24 de marzo: recordemos

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Capítulo XX de la novela "Los elefantes del apocalipsis" --> --> Cualquier lugar - 10 de junio de 1978 - ¡Levantate anteojudo puto! ¡Levantate te digo! ¡Dale conchudo que tengo que ver el partido! Le dolía todo el cuerpo. ¿El cuerpo? ¿Qué cuerpo? Si ya no le quedaba nada que se pareciese a un cuerpo. Los testículos ya ni los sentía. Si no tuviera tanto dolor se reiría pensando en qué prácticos son algunos para hacer huevos fritos. ¿Quién se queja? ¡Quién se queja carajo! ¡No se quejen más, ya no los aguanto! A mí también me duele todo. ¡Laura,Laura! ¿Me escuchás? ¿Como te sentís?. ¿Tenés contracciones? ¡Pará che, pará te digo milico hijo de mil putas! ¡Cortala o me cago acá delante y vas a tener que comer esa basura que llamás comida con el olor a mi mierda! ¡Laura contestame carajo! ¡Desenchufá esa mierda la concha de tu hermana! ¡No te das cuenta que ya no tengo huevos! ¡Que querés que te diga, si ya te conté hasta como se llamaba mi p...

LA SEDUCCIÓN

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Del Libro "Cuentos para no contar el principio" Comencé por los dedos de sus pies. Me los imaginaba casi perfectos. Casi, porque hubiera preferido verlos sin ser mancillados por su función de apoyo; y sí en cambio, devaneando en forma etérea; gráciles y puros. Los acaricié sutilmente en forma imaginaria hasta el momento en que me detuve en sus piernas. Elevé la vista lentamente, para no perderme detalle alguno. Y mi ansiedad contenida, se transformó en serena contemplación de líneas perfectas, conformando una anatomía precisa, cual obra de Miguel Angel. Cerré mis ojos inútilmente. Ella seguía estando frente a mí; seduciéndome con su fresca piel, su luminosa armonía, su clara actitud desafiante en ese juego de dos: cuerpo y mirada. Y uniéndose al lúdico momento, el pincel derramando policromía sobre un paño que no oponía resistencia ante la inminencia de lo irreversible; donde la pureza de su virginal textura blanca se rendía, minuto a minuto, ante la fotográfica imagen ...

SECCIÓN CUENTOS INÉDITOS

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EL RITUAL   Terminé de leer la noticia en el diario. Acompañé la pena con una enorme reverencia imaginaria hacia el admirado escritor que dejaba este mundo de los vivos. Me arrepentí una vez más de no haber leído toda su obra. Me pasaba que cuando comenzaba a hacerlo, tenía la sensación de que alguna vez iba a plagiarlo y ese hecho me bloqueaba la lectura. Mis inicios en la escritura se continuaron en un largo devenir de cuentos que mezclaban lo cotidiano con lo fantástico. Cuentos de Julio Verne en mi adolescencia, a los que siguieron Asimov, Sturgeon, Clarke y otros monstruos, habían engalanado mi currículum de lectura preferida. Cerré el periódico y comencé a escribir. “Caminé por la playa lentamente, bordeando la línea que marcaba el límite entre el final de la ola dispuesta a retroceder y la arena invadida hasta ese instante. Por eso mi marcha se hacía zigzagueante, como la de un borracho, pero de aire y sal. Miré hacia atrás. Mi sombra alargada trataba de acompañarme en...

SECCIÓN CUENTOS DE LA NUEVA ÉPOCA

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PORQUE FLOTANDO EL HUMO… (Los fumadores) Un humo espeso lo hizo toser apenas entró. El viejo bar desbordaba murmullos, risas y silencios de triste escucha. Parado al comienzo de la barra, de estaño todavía, trató de divisar a su amigo a través de la niebla casera, mientras El Polaco desgranaba Madame Ivonne desde algún lugar. Algunas mesas vacías, dejaban ver sobre ellas ceniceros con cigarrillos encendidos sin haber sido fumados, junto a tazas pintadas desde adentro con café. En otras, las charlas se escuchaban turbias, arrastradas, como surgiendo de una antigua fonola con sus revoluciones cada vez más lentas. Tanto, que habría podido leer el título en el centro del viejo disco de pasta. Allá estaba Carlos, en la mesa del fondo, canas incipientes, mirando la parte encendida del pucho. Se sentaron después del abrazo golpeado, ese que abre los bronquios y cierra las angustias. El mozo trajo los cafés sin que se lo pidieran. A los dos les pareció que poco a poco el humo se hacía más dens...

EL CIRUJA

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Del libro "Cuentos para no contar el principio" Puso la rama de pino en el tarro de duraznos. La acomodó para que quedara firme en la arena. Después, sacó la bolsita que llevaba colgada del cinturón. La abrió con cuidado y comenzó a sacar los adornos. Los desparramó sobre el piso rústico de la casilla. Miró su arbolito de Navidad con cara de estudiar la situación, se dio cuenta de que era tarde y, presuroso, comenzó a colgarlos uno a uno. No podía olvidarse de nadie. Así que cuando su manito depositaba los perifollos en cada rama, repasaba mentalmente: Un paquete de cigarrillos box lleno de puchos para su papá. Una botellita de perfume que le había dado la Susi hace un tiempo, para su mamá. Para su hermano Pedro, la vieja y difícil figurita del negro Palma que tanto le había costado conseguir cambiándola por dos aceritos ganados en el torneo de bolitas. La del Tata Martino la encontró más fácil y se la colgó para Raulito, su leproso hermano menor. Para Raquelita, su hermana m...

DOS SOMOS MÁS

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Del libro "Cuentos para no contar el principio" * Mención Especial en el Primer Certamen Literario del Litoral para Profesionales del Arte de Curar año 2000. Me senté frente al paciente y me dispuse a escuchar. Era casi rutinario. Digo casi, porque de vez en cuando aparecía alguien cuya catarsis no se asociaba a lo cotidiano. Pero, como dije, muy aisladamente. Suspiré, miré el reloj y traté de prestar atención. Quien tenía enfrente, era una persona del sexo masculino, de unos cincuenta y dos años, quien dijo llamarse Pedro. ─ Mire doctor ─ comenzó ─, lo vengo a consultar porque voy a cometer un acto de locura, casi demencial. ─ ¡Ahá! ─ dije tratando de darle trascendencia a la frase. ─ Yo soy mozo. Mozo de restaurante. Veinte años hace que trabajo en eso. ¿Sabe usted cómo trabaja un mozo de restaurante?. ─ Como cliente esporádico ─ contesté. ─ Lógico, o sea, ¡no sabe un carajo! ─ me contestó en un tono más subido. Me acomodé en el sillón pensando que la entrevista no sería un...