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EL CIRUJA

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Del libro "Cuentos para no contar el principio" Puso la rama de pino en el tarro de duraznos. La acomodó para que quedara firme en la arena. Después, sacó la bolsita que llevaba colgada del cinturón. La abrió con cuidado y comenzó a sacar los adornos. Los desparramó sobre el piso rústico de la casilla. Miró su arbolito de Navidad con cara de estudiar la situación, se dio cuenta de que era tarde y, presuroso, comenzó a colgarlos uno a uno. No podía olvidarse de nadie. Así que cuando su manito depositaba los perifollos en cada rama, repasaba mentalmente: Un paquete de cigarrillos box lleno de puchos para su papá. Una botellita de perfume que le había dado la Susi hace un tiempo, para su mamá. Para su hermano Pedro, la vieja y difícil figurita del negro Palma que tanto le había costado conseguir cambiándola por dos aceritos ganados en el torneo de bolitas. La del Tata Martino la encontró más fácil y se la colgó para Raulito, su leproso hermano menor. Para Raquelita, su hermana m...

DOS SOMOS MÁS

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Del libro "Cuentos para no contar el principio" * Mención Especial en el Primer Certamen Literario del Litoral para Profesionales del Arte de Curar año 2000. Me senté frente al paciente y me dispuse a escuchar. Era casi rutinario. Digo casi, porque de vez en cuando aparecía alguien cuya catarsis no se asociaba a lo cotidiano. Pero, como dije, muy aisladamente. Suspiré, miré el reloj y traté de prestar atención. Quien tenía enfrente, era una persona del sexo masculino, de unos cincuenta y dos años, quien dijo llamarse Pedro. ─ Mire doctor ─ comenzó ─, lo vengo a consultar porque voy a cometer un acto de locura, casi demencial. ─ ¡Ahá! ─ dije tratando de darle trascendencia a la frase. ─ Yo soy mozo. Mozo de restaurante. Veinte años hace que trabajo en eso. ¿Sabe usted cómo trabaja un mozo de restaurante?. ─ Como cliente esporádico ─ contesté. ─ Lógico, o sea, ¡no sabe un carajo! ─ me contestó en un tono más subido. Me acomodé en el sillón pensando que la entrevista no sería un...

SECCIÓN POEMAS INCONSTANTES

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Temblores Camino y el piso se mueve, desliza mi firmeza. Cruzo puentes pequeños para llegar al mismo lugar siempre: estrechos pasillos lustrosas paredes de pequeñas cuevas con gente que no aúlla queriendo salir. Duermen o ríen. Aman o escuchan cómo el piso sonoro recrea el rugido de la tierra silenciosa violada por la serpe de acero y almas.

SECCIÓN CUENTOS DE LA NUEVA ÉPOCA

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EL DESEO Nunca había sentido tanto hambre. El día de trabajo agotador. La caminata hasta su casa por la huelga de colectivos. El ascensor descompuesto. Se tumbó sobre el sofá al mismo tiempo que trataba de embocar las llaves sobre el jarrón vacío junto a la puerta. Estaba sin fuerzas y al mismo tiempo tenía una sensación en su estómago más cercana al dolor que al hambre. Se levantó con dificultad y fue hacia la heladera. Cuando abrió la puerta, la molestia en su epigastrio se pareció más a un reclamo lacerante que a la necesidad fisiológica. Estaba absolutamente vacía. O casi. Sobre el segundo estante, reflejando la tenue luz interior que le daba un aspecto lúgubre, había una margarita. Parecía una naturaleza muerta tridimensional. Se preguntó cómo habría llegado ahí. Pero su estado no le permitía avanzar más allá en las especulaciones. Estaba por cerrar la puerta cuando la dolencia pareció apuñalarle el abdomen. Detuvo todo movimiento muscular. Eso lo alivió algo. Lentamente, comenzó ...

SECCIÓN CUENTOS DE LA NUEVA ÉPOCA

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RAÍCES Se acercó con precaución. Esta nueva guerra lo había transformado en un experto en cautela. Se encontró frente al destruido edificio que hasta hace poco fuera el palacio sede de gobierno de Saddam Hussein. El uniforme lo ahogaba. Necesitaba descansar unos minutos. Los suficientes como para escribir unas líneas. Su columna se había dispersado en forma poco ortodoxa y estaba solo. La resistencia en Bagdag se hacía espesa, densa, cruenta. -“Tanto más cruenta que esta criminal invasión”- pensó Peter con dolor. Le dolía. Le dolía mucho. La herida en la pierna por esa maldita esquirla no le permitió avanzar más que unos pocos metros dentro del derruido salón de reuniones del alto mando del gobierno iraquí. Majed acomodó su extremidad sobre un banco y se recostó en el vistoso sillón aterciopelado. Pasó sus dedos sobre el apoyabrazos y pensó en Sayla. Su piel. Sentía su piel bajo las yemas. Que triste ironía. Ella estaba en Chicago, estudiando y él acá, en el infierno en que se había tr...

SECCIÓN POEMAS INCONSTANTES

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Amanecer Gritó en el silencio que le devolvió silencio. Se ahogó en un espasmo de sollozo trunco. Generó bronca y pena. Caminó hacia el sol y olvidó la penumbra de las nostalgias Amanecía...

SECCIÓN MICROCUENTOS

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CEREMONIA Huake miró con ojos tristes el escaso humo que surgía de la leña encendida en el piso desparejo de su kau. El de su pipa formaba volutas caprichosas empeñadas en volver a la cazoleta, hasta que una bocanada las empujaba hacia arriba. Huake, el último cacique de la tribu aónikenk de Camusu Aike en la Patagonia, sabía que había llegado el momento. Lejos estaban los tiempos en que la paz era sellada fumando. Esta vez sería distinto. A esa tribu no le importaba la ceremonia, ni la pipa. Ese día no hubo tabaco… habían prohibido la paz. Añoró el festejo de otrora danzando y cantando mientras Keingueinken alumbraba la noche. Aspiró profundamente hasta que le dolieron los pulmones y bebió un largo trago de alcohol de caña. Desde afuera, los rumores gringos lastimaron sus oídos. Un llanto de ishé le indicó que debía levantarse. Como en un ritual, aplastó el tabaco con el pulgar ahogando las hebras encendidas y acostó la pipa al lado de su arco. Luego se acercó a la entrada del kau. El...